Siete puntos reales

Cuando se han completado las veinticinco primeras jornadas de liga, el Real Madrid le saca dos puntos en la clasificación al Barça. Pero para poder valorar en su medida esta diferencia de puntos, queda por ver qué calendario le queda a cada rival.

Por supuesto, no es lo mismo enfrentarse (por poner sólo dos ejemplos) al Espanyol o al Valencia ahora que a principio de temporada. Pero sí que podemos valorar sólo la liga compensada, es decir: contar sólo los partidos que ambos conjuntos han disputado en su estadio, o cuando ambos han visitado al mismo rival. Veamos qué ofrece esta comparación.

Como locales, ambos conjuntos están ofreciendo un rendimiento espectacular. Ambos conjuntos han ganado a Almería, Atlético, Betis, Deportivo, Osasuna, Racing y Recreativo.

Las dos únicas derrotas (la del derby y la del sábado con el Getafe) no las cuento porque aún no se ha jugado el derby de vuelta y el Barça aún no ha recibido al Getafe. De los enfrentamientos que aún no contabilizo, el Barça ha sumado ya 12 puntos (Athletic, Levante, Murcia y Sevilla), puntos que el Madrid debería considerar obligatorios para mantener la distancia. El Real cuenta sólo con el margen de haber ganado en el Camp Nou.

Por el otro lado, en el Bernabeu han sucumbido Mallorca, Vilareal, y Valladolid, que considero son victorias que el Barça debe sumar en el Camp Nou, mientras que la victoria del Geta en el Bernabeu hace que un empate ante el mismo en casa sea por comparación un punto a favor.

Como visitante, el Barça pierde siete puntos en la comparación con el Madrid. El Barça empató en Montjuïc, donde perdió el Madrid; por contra, el Barça empató en San Mamés, donde el Real ganó. Però el Barça cayó en sus desplazamientos a Getafe y Vilarreal, donde el Madrid se impuso. Las otras dos visitas que ambos equipos ya han efectuado fueron la victoria en Mestalla y un empate en el Nuevo Zorrilla. Diferencia, por tanto, de seis puntos.

Aparte de las visitas comunes que les quedan, para igualar al Madrid, el Barça debería ganar en el Calderón el próximo domingo y también en Murcia. Cualquier punto obtenido en Almería o en el Ruiz de Lopera será recortar ventaja al rival. Por su lado, al Madrid se le exige la victoria en Mallorca y Zaragoza, mientras que pasar del empate en Santander o Pamplona será ampliar su ventaja.

Conclusiones: el Barça tiene mucho menos margen de error, especialmente por el hecho que se ha dejado puntos vitales en campos como el Sardinero donde el Real acostumbra a imponerse. Y el Real ya ha ganado la primera parte del doble enfrentamiento.

Salut i sort,
Ivan.

Lo que nos cuentan

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Que al equipo que mejor interpreta el contragolpe del fútbol europeo le derroten con un contragolpe de alevines es un sarcasmo que simboliza el hecho irrefutable de nuestros tiempos: ya nadie está a salvo de sufrir su propia medicina. Pese a que el fútbol intenta parecerse a la política, no consigue situarse a su altura, pues aunque entrenadores, jugadores y “hooligans” maquillados de periodistas pretendan afirmar que su equipo ha ganado el debate, el resultado permanece inalterable reflejando la realidad final del partido. Cada día hay más entrenadores o presidentes o charlatanes mediáticos que pretenden torcer la realidad de los noventa minutos de juego y buscan en las ruedas de prensa disfrazar cuanto ocurrió sobre el césped. Su equipo ha perdido, pero ya dijo Napoleón que una derrota contada con mil detalles era imposible de distinguir de una victoria y, así, vemos al entrenador pícaro desmenuzando en detalle la caída de su equipo para hacernos creer que, en realidad, su conjunto se alzó con la victoria.

También ocurre al revés. Basta recordar a Van Gaal: perdía en las ruedas de prensa lo ganado en el campo, hasta el punto que fue decapitado sin importar apenas los triunfos que acumuló. Cayó por las palabras y no por los resultados. Más tarde, los analistas inventaron la teoría de que fue cesado porque su juego nunca conectó con el ADN barcelonista, pero la verdad es que el cortocircuito no fue futbolístico, sino mediático. Por tanto, apenas importa si existe conexión entre la realidad y las palabras. Lo que importa es que las palabras suenen bonitas, con lo que ya puede Rijkaard perpetrar alguna de sus “boutades” estratégicas, que como la explique sonriendo todos acabaremos por rendirnos a su humildad. O sucede como en Madrid, donde tras la humillante “jugada de la infamia” endosada por el Getafe, las fieras se han calmado sólo con saber que Schuster regañó a sus chicos en el vestuario. No importa lo que ocurre. Importa cómo se cuenta.

AQUÍ HAY DEBATE

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Cuando el Madrid se sintió campeón en enero empezó a cavar su fosa. Engrandecido ante los pequeños, empezó a diluirse en cuanto intentó descapellizarse. Por decreto periodístico, la Liga estaba finiquitada hace un mes y Raúl y Guti se transformaron en los nuevos seleccionables a los que promocionar, en tanto Calderón organizaba esa campaña de renovación vitalicia que ha terminado por desorientar a un vestuario que alterna lesiones con traspiés. De tanto brindarle al sol, el Madrid se ha quedado en la luna, desconcertado por no haber recibido ya el trofeo de campeón que todas las crónicas colocaban en sus vitrinas.
Mallorca, Almería, Betis, Roma, Getafe, puntos cardinales de una geografía de la derrota que empieza a explicar la historia al revés: ya no es un Madrid agarrado a Casillas y Van Nistelrooy. Es un Madrid que se gusta y la toca, que ya no concede 26 ocasiones de gol por encuentro, como ocurrió en la ida en Getafe, sino apenas cuatro como anoche, pero al que le están pagando con su misma medicina todos aquellos que llevaban sufriéndola desde que Capello cambió el rumbo de los galácticos. Casillas es ahora uno más y ha dejado de ser héroe para convertirse en otro peón. Se ha perdido épica y drama y se ha abonado a la mediocridad: ni Casillas le salva, ni Van Nistelrooy le glorifica. Este Madrid vive en una nube de irritación y desconcierto, cuyo paradigma es esa jugada oprobiosa en la que sus jugadores pretenden celebrar un gol que lleva medio minuto anulado y no perciben el gigantesco vacío que han dejado. Amontonados en una esquina, con los ojos fuera de sus órbitas, gestos de incomprensión, sonrisas congeladas, observan cómo el equipo rival galopa y corta el viento caminito del triunfo, mientras la Liga se aprieta y las heridas supuran.
El Madrid peleará hasta el final, eso no se duda, pues en ese vestuario hay mucha gente corajuda que ahora debe andar avergonzada por tanta tontería acumulada en pocas semanas. Pero esta Liga ya no será la misma tras esta jugada de la infamia, pues el campeón ha dejado bien claras sus debilidades y patologías.

Cosecha metalúrgica

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La cosecha Champions 2007-2008 no parece llamada a ser histórica, excepto para el club que conquiste la copa en Moscú.

Quizá la primera jornada de octavos sea justamente la excepción, pero de momento sirve para extender la tesis de que la mediocridad está ganando la batalla en el fútbol europeo. La metalurgia, el hormigón armado, incluso el juego neolítico, parecen ganar el pulso. Es cierto que la Champions no es un escaparate para lucir plasticidades, sino para ejercer de equipo eficaz, tal como suelen hacer Milan o Liverpool. Pero desde aquél Barça que venció en París y también derrotó a todos sus demonios, el fútbol anda ausente de la Champions. O, por lo menos, lo que entendemos por fútbol plástico.

No lo critico, pues comparto que la eficacia ha de ser el norte supremo cuando se disputa el trofeo mágico, el que quita el sueño a todos los aficionados. Simplemente constato, aunque resignado, que tanta eficacia está acabando (si no lo ha hecho ya) con otras virtudes pasionales que también posee este deporte. Y así, desde el triunfo barcelonista hace dos ediciones apenas recordamos algunos relámpagos de lucidez: la masacre romana a manos de Cristiano Ronaldo, las cabalgadas hermosas de Kaká contra mancunianos y liverpoolienses, el gol del escorpión de Matuzalem, los disparos certeros de falta de Ronaldinho y Juninho y poco más. El resto son todas virtudes legionarias: la fe incombustible del Liverpool, la infinita astucia competitiva del Milan, el tran-tran metódico del Chelsea, la efervescencia estéril (qué curioso) del Madrid de Schuster, la garra, el coraje, la fortaleza...

Hierro, hormigón, altos hornos, el fútbol más industrioso como paradigma de la modernidad. Quizás todo cambie en las próximas sesiones europeas, pero el vértigo competitivo lo hace improbable. El talento y la plasticidad en cuentagotas, aplastados por la metalurgia imperante. Qué le vamos a hacer: sacrifiquémonos todos en el altar de la máxima eficacia...

La tesis

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Es curioso que esa tesis de baratillo que vengo elaborando en los últimos meses se vaya cumpliendo con precisión helvética: el Madrid se hincha ante los grandes y se deshilacha frente a los pequeños. Crece cuando enfrente tiene quien propone jugar al fútbol (ya no digamos si elige la opción suicida, como el Valladolid) y se encoge cuando el rival le regala balón, mando y reloj. Las últimas derrotas blancas siguen el mismo guión: el enemigo se encierra, el Madrid maneja el balón con garbo y salero, se encuentra guapo en ese papel que tanto prodigó el Barça hace años, pero hete aquí que al final le aplican su tradicional medicina: contragolpe, juego directo, pimpampum y a casa con el rabo entre piernas.
Le ocurrió con el Mallorca en Copa, hace dos semanas en Almería y nuevamente ante el Betis. Antes de sufrir su propia medicina, el equipo de Schuster construyó sus mejores minutos del curso en cada uno de estos tres partidos. Elaboración, combinación, mucho Guti, mucho toque, qué bellos somos, ya nos sentimos campeones. Ideal para que las crónicas rebosaran adjetivos poéticos: el Madrid de hierro y hormigón quedaba atrás, rebasado por otro de fibra hermosa y metales preciosos. Hasta que el pequeño rival fue tan contundente como suelen los merengues.
La tesis se va cumpliendo: el Madrid vapulea a los grandes porque juega al estilo de los peque-
ños y sufre ante los pequeños porque se viste de grande. Miras en el calendario los 14 partidos que le quedan y ya puedes señalar las fechas decisivas. No son los partidos del Bernabéu ante Espanyol, Valencia, Sevilla o Barça, sino las visitas al Recre, Mallorca, Racing, Osasuna e incluso Zaragoza. Ahí le regalarán el balón a Guti, ensalzado sin duda en el partido anterior por su legión de adictos, cerrarán líneas, le harán sentirse superior, acomodarse en el tiqui-taca adormecedor y, cuando menos lo esperen, dispararán sobre el pianista Casillas.
Si esta tesis se certifica en otro par de encuentros, la remitiremos al colegio de médicos para que nos aporte luz y la justifique, no sea que sin querer hayamos descubierto alguna nueva enfermedad futbolística, tras la fiebre galáctica y la peste fantástica.

No sólo es Ronaldinho

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Al Barça le costará un mundo romper la inercia negativa que le sacude desde que desapareció el efecto del champán de París y le bajaron de la nube a garrotazos. No es imposible y algunos buenos partidos sucesivos más las luciérnagas de la Champions podrían reactivar este motor gripado y acabar por salvar las apariencias. Pero el barcelonista pesimista (valga la redundancia) teme que el fin de temporada sea demasiado largo. Este aficionado debería saber que nada de cuanto ocurre es casualidad, sino fruto de las decisiones tomadas y también de las no adoptadas: Ronaldinho no es el único culpable de esta enfangada, quizás ni siquiera el principal. Ahí está un presidente que se ha dedicado a otros menesteres, quizás muy relevantes, pero distintos al de asegurar que el triunfal ciclo iniciado iba a tener continuidad. Si los éxitos no se deben al azar, mucho menos puede esperarse que la permanencia en lo más alto llegue por designio divino.

Ahí anda también el secretario técnico, especialista en vigilar a la plantilla por teletexto, pero incapaz de comprender las necesidades del equipo: año y medio después, el Barça aún no ha sustituido a Larsson, ni fichó a un lateral diestro suplente, ni a un recambio sólido para el mediocentro defensivo y se desprendió del único extremo que abría el campo por las bandas. Todo eso no es casualidad, si acaso ausencia de visión estratégica, desconocimiento de las necesidades o poca competencia.

Y por ahí va, cómo no, el señor entrenador, bello porte, educado, sensible y buena persona, maravilloso en las ruedas de prensa. Un embajador, en definitiva. Lo contrario que Van Gaal. Pero un entrenador al que se le ha escurrido entre las manos el más amplio talento futbolístico del mundo hasta transformar una máquina deliciosa en un guiñapo sombrío. Sin perder la compostura, eso jamás. Ronaldinho y otros varios cantamañanas tienen gran parte de responsabilidad, pero nuestros tres personajes han permitido esta triste decadencia.

PODRÍAN APRENDER...

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El Bernabéu ha celebrado con un festín el primer aniversario del despido de Ronaldo, punto culminante de la limpieza de establos, final de los tiempos galácticos, principio del renacimiento blanco. Se fue el gordito y se acabaron las melonadas en un vestuario acostumbrado hasta entonces a hacer cuanto le venía en gana con autorización presidencial. Desaparecieron las estrellas y el Madrid volvió a ser un equipo, cualidad vertebral en el fútbol.
Desde el día en que se fue Ronaldo, el Madrid ha disputado 44 partidos de Liga, y ha ganado 31, empatado 7 y perdido solo 6, apenas el 13%. Veintiuno de los 44 encuentros corresponden al pasado campeonato. Despidieron al brasileño y encadenaron los tropiezos: dos derrotas y cuatro empates consecutivos, más la eliminación de la Champions ante el Bayern. Pero a partir de ahí, agarrados a Casillas y al acierto agónico, navegaron de victoria en victoria hasta el título final. El promedio se ha superado en el torneo actual, donde acumula 18 victorias, 2 empates y sólo 3 derrotas, recorrido impecable que retrata la consistencia merengue. El debate sobre la plasticidad continúa, pero los números son tan demoledores como la pegada de sus delanteros.
¿Por qué afecta tanto la marcha de un jugador? Simplemente porque un vestuario es una patera de frágil equilibrio y basta un frívolo para hacerlo zozobrar. El fútbol se basa en el pegamento de la cohesión colectiva y no en la farándula de las estrellas. En el Barça se hacen cruces sobre la problemática propia, intentando leer en el poso del café la razón de tanto fracaso continuado, pero la respuesta es muy simple y nada esotérica: basta mirar en la casa del rival para comprender cuánto de bueno y de malo le ocurre al Barça desde hace año y medio. Como el Madrid galáctico, el Barça fantástico vive en las nubes, el egoísmo venció a la solidaridad, los equilibrios fueron rotos por la indolencia y en el vestuario se impusieron todos los pecados capitales del futbolista. El resto son teorías peregrinas, como bien demostró Capello cuando concluyó la limpieza de sus establos.
El Barça podría aprender...

Cuidado con las campañas

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Lo peor que le puede ocurrir a un mal producto es tener una buena campaña de marketing. Un mal producto puede sobrevivir en los mercados mientras pase desapercibido y no levante mucho alboroto. Pero si su fabricante decide emprender un potente lanzamiento, hacer ruido mediático sobre sus teóricas cualidades y colocarlo en el ojo del huracán publicitario, en ese caso no dura ni un telediario. Los consumidores acaban destrozando el mal producto.

Así que cuidado con las campañas de marketing en los equipos de fútbol porque si no están sustentadas por la solidez de unos buenos fundamentos, se diluyen en un plis plas. Al Madrid le fue útil esa cantinela del “juntos podemos”, pero no confundamos el culo con las témporas: lo verdaderamente útil fueron las manoplas de Casillas, la pegada de Van Nistelrooy, el hierro forjado de Diarra y Emerson y la fe indesmayable de Ramos y Raúl. Fue el equipo quien empujó a la afición y no al revés. Fue un buen producto el que acabó mereciendo una gran campaña de marketing. Meses antes, sin embargo, el Madrid ‘galáctico’ intentó algo parecido y fracasó porque el producto no estaba en condiciones. Fue aquella noche de Copa ante el Zaragoza, cuando desde las entrañas de la necrología Antonio García Ferreras perpetró la operación “Juanito vive” con el que se intentó darle la vuelta al vapuleo del Zaragoza. Resultó modélica como campaña de marketing masivo, pero el producto era pura descomposición y tras fracasar en el intento la cuadrilla se despeñó y la operación resultó contraproducente. Lo dicho: lo peor para un mal producto es que le hagan una buena campaña.

¿Es un buen producto el Barça actual? Es un equipo basado en la duda, incluso en la existencial, algo peligroso en un asunto donde el orden de los factores sí altera el producto: es el equipo quien debe justificar el inicio de una campaña de marketing y no al revés, no sea que acabemos descubriendo que medio producto ha rebasado la fecha de caducidad.

EL PUNTO DÉBIL

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Estaba escrito aquí mismo: el punto débil del Madrid no son los grandes, sino precisamente los débiles, así que ni casualidad, ni lotería, ni mala suerte. La máquina se merienda a los grandes, pero se gripa si quien está enfrente es de la clase media-baja y, por definición, le regala el balón al líder. Le ocurrió en la Copa ante el Mallorca, que empleó la clásica receta blanca: encierro atrás, contragolpe rápido, remate contundente. Y ha repetido escena frente al Almería, como ya antes le ocurrió ante el Murcia y como, con toda probabilidad, le sucederá alguna otra vez antes de que acabe el campeonato.
No es un problema de rachas, sino de concepto. Al Madrid no se le gana de tú a tú, pues en esas circunstancias se crece y explota su ya legendaria eficacia. Si enfrentas al Madrid de cara, proponiendo un fútbol constructivo, manejando el balón, juego de combinación y toque y espíritu ofensivo, estás acabado. Sacarás un corner favorable y entre Casillas, Robinho y RVN le darán la vuelta al calcetín y te romperán el espinazo. Así que esa no es la solución, como han comprobado todos los grandes, desde el Barça hasta el Villarreal. No es en esos días de la verdad cuando el Madrid se achanta, pues ese estilo ni le rasguña.
La debilidad blanca habita en las noches tibias, vacíos de motivación y llenos de balón. ¡Ay, Bernardo! Ese es el problema madridista: tener el balón y ver qué se hace con él. Ahí se ahoga la máquina, pagado con la misma moneda que tanto gusta a la afición blanca: encierro atrás, contragolpe, pegada. Frente a quienes le aplican esa medicina, el Madrid se desconcierta, afloja los goznes, siente el vértigo de un centro del campo apenas discreto y, rotas las costuras, se diluye.
Podría ser un síntoma de sufrimiento blanco para el esprint final del torneo, pero este punto débil del Madrid se compensa con las flaquezas ajenas, pues si Villarreal y Atlético ya se mecen en la impotencia continua, el Barça se ha instalado en la mediocridad definitiva, desde la que pretende refundarse. Con otras armas y otras ideas, los de Rijkaard serían aspirantes rotundos a pelear por el título, pero hasta hoy no han mostrado más que pesadez de piernas y vacío mental, por lo que su principal fortaleza será esperar la siguiente caída blanca. Y confiar en que el último partido del Madrid será precisamente contra el equipo más flojo del campeonato, el Levante: su peor rival.