¿Para qué se ha fichado a Keita?

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Hipótesis 1: Para sustituir a Touré, de cuya lesión crónica de espalda se desconfía, y al que se traspasaría. Opinión: Prescindir de Touré, aunque no sea un mediocentro defensivo clásico, sería un grave error.

Hipótesis 2: Para modificar el “estilo tradicional” y apostar por un 4-4-2 más adecuado a las grandes batallas modernas. Touré y Keita para cerrar espacios, como doble pivote o con Keita como “barrendero” y Touré de volante. Opinión: Cuesta creerlo, a la vista del dogmatismo tradicional. Pero es una excelente alternativa para los partidos duros.

Hipótesis 3: Para alternarse con Touré como mediocentro defensivo, dando por descontado que Guardiola mantendrá las esencias fundamentales: el 4-3-3. Por la dureza de las tres competiciones en juego, Keita y Touré rotarían en la plaza de “barrendero” cubriendo la espalda de los dos clásicos volantes. Opinión: Opción interesante. Ya el año pasado era imprescindible un recambio para Touré, pues Márquez no da ni para media temporada. Ahora puede parecer un derroche alternar a Keita y Touré para un mismo puesto, pero cuando lleguen las grandes batallas puede ser trascendental.

Hipótesis 4: Para desmontar el esquema de Rijkaard basado en un “barrendero” y dos volantes y regresar a la vieja tradición cruyffista de un “4” constructor: Milla, Guardiola, Xavi... Un mediocentro organizador, físicamente pequeño, hábil, listo, rápido de mente y ágil de pies. Hoy, Iniesta sin duda. Pero acompañado de dos volantes poderosos, resistentes y musculados: Keita por la izquierda, Touré por la derecha.

Opinión: Si se mantiene el 4-3-3, esta podría ser una gran alternativa. El Milan la usa con Pirlo de cerebro y Gattuso y Ambrosini de escuderos. Esta opción supondría la prejubilación de Xavi, pero ese es un daño colateral que hay que empezar a descontar ya. Con dos gladiadores escoltándole, finalmente Iniesta jubilaría a Xavi. Otra vez más, sería una profecía autocumplida.

Pasar página en blanco

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Queríamos pasar página, pero no la queríamos pasar en blanco. Terminan dos años de caída libre y se cierran como tantas otras épocas: sin conocer las respuestas de verdad, señalando a otro como culpable y con la porquería bajo las alfombras. Excelsos en la explotación del triunfo, pésimos en su gestión, pasmados durante la caída, histriónicos en el cierre. Pero ya está todo dicho de Laporta, de Txiki e Ingla, de Rijkaard y Ronaldinho, de Eto’o y Deco, así que tocar pasar página.

Lo más duro quizás aún está por llegar, pues nadie garantiza que se haya tocado fondo. Lo parece, pero ya lo parecía hace un año, cuando los títulos se escapaban como el agua entre los dedos. Lo aconsejable sería sajar hasta un nivel tan profundo que dolería en las entrañas. Eso incluye a Xavi y Puyol, por ejemplo, futbolistas de calidad o coraje indiscutibles, pero que ya llevan demasiados años como pilares del vestuario. Ambos merecen todo tipo de reconocimiento, pero también la posibilidad de emigrar en busca de nuevos retos. Por descontado, antes que ellos dos deberían salir otros catorce jugadores.

Pero no es posible ni lo uno ni lo otro. Ni lo de los catorce ni lo de Xavi y Puyol. No es posible por la situación financiera, por la fragilidad presidencial, por el “melón” del entrenador, por las “habilidades” demostradas del secretario técnico; y también porque no se puede cortar por lo sano tan radicalmente sin provocar una hemorragia profunda. Por todo ello, Xavi y Puyol seguirán y también buena parte de los catorce nominados. Y lo que debería hacerse de una tacada se hará gradualmente, en dos o tres años. La intervención quirúrgica será menos dolorosa, pero también ralentizará la recuperación.

Para cuando el vestuario del Barça sea rotundamente distinto al actual (y eso incluye también otro posible entrenador), nada será como hoy. Habrán transcurrido al menos quince meses, quizás veinticuatro. Mucho tiempo en el fútbol. Suficiente para que se haya tocado un nuevo fondo.

La gran decisión

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Una parte del madridismo teme tropezar nuevamente en la misma piedra: en las ínfulas galácticas. Otra parte no advierte los peligros y corre ciegamente hacia las luces de neón. De una parte, Raúl. De la otra, Calderón. Al final del túnel, una luciérnaga: Cristiano Ronaldo. Raúl defiende su estatus de gran capitán y alma de este equipo construido de coraje y fe. Calderón abandera el retorno a la galaxia y sostiene que sin una figura universal el proyecto anda cojo.

Raúl ejerce su derecho a veto ante la amenaza mediática. No solo defiende su rol: también defiende el espíritu de este equipo. A falta de fútbol brillante, el Madrid actual rezuma compromiso, casta, ambición y solidaridad. Y sabemos por experiencia propia y ajena que basta la llegada de un figurín para que todo el andamiaje se venga abajo.

Calderón quiere ese figurín y no parece escuchar a su capitán cuando le dice: "No estropee este equipo". El presidente blanco anda empeñado en cobrarse una pieza de caza mayor como es el Ronaldo portugués. Un fenómeno en todos los sentidos, incluso en el futbolístico por más que cualquier día llega un Zambrotta menor y se hace un sofrito con él. No nos traigan otro Beckham, gritan estos días por Valdebebas.

No es CR lo que necesita este Madrid bicampeón, sino tres fichajes estratégicos (Drogba, Xabi Alonso y un lateral zurdo). Entiéndanme bien. Cristiano Ronaldo no sobra en ningún equipo: es un monstruo genial. Si Calderón le contrata, dará noches de fiesta y lujo. Pero en el caso madridista, su llegada romperá equilibrios internos. Aportará mucha calidad, efervescencia, glamur, miles de camisetas vendidas y una montaña de fans teenagers y asiáticos. Pero romperá ese cemento, imprescindible en el fútbol, llamado solidaridad. Y sin eso, el Madrid volverá a ser un Madrid galáctico, con sus grandes fuegos artificiales, pero también con su gigantesca pereza indolente. Si no me cree, a Calderón le bastaría con revisar la decadencia de los fantásticos azulgrana.

El pato cojo

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El Barça vive una crisis peor que la del Partido Popular, o al menos lo parece, y eso resume el cataclismo barcelonista, superior a la peor de las previsiones que hicimos hace un par de temporadas cuando algunos futbolistas disputaron la Supercopa europea en Mónaco vestidos todavía con el smoking de la noche anterior. Vuelan los puñales en el PP tras dos contiendas electorales perdidas y lo mismo ocurre en el Barça después de dos temporadas catastróficas. En realidad, el Barça lo tiene peor, pues en el PP es posible que Rajoy sobreviva a sus ‘ultrasur’ y logre presentarse a unas terceras elecciones, mientras en el Barça es seguro que su líder actual no podrá intentar la reelección. Laporta es un ‘lame duck’, un ‘pato cojo’. Y es sobradamente conocido que no hay peor líder para una crisis que aquel que está en la recta final de un mandato
improrrogable.

Y en eso anda el Barça: desintegrado en plena crisis y en manos de un pato cojo. No puede sorprender que, en estas condiciones, Laporta hable y actúe como lo hace. Sólo desde esa posición de extrema debilidad se comprenden sus exabruptos a los peñistas pretendiendo camelarles o la elección desesperada de un parapeto como Guardiola al que endosarle el duro futuro inmediato. También por esa cojera irremediable se puede entender que señalara a Rijkaard como gran culpable de todos los males o que exonerara a Txiki de cualquier responsabilidad, ya que es el último fusible que aún le queda.

Lo que ahora se dirime no es la eficacia limpiando establos ni el acierto en los fichajes, acciones ambas con limitado margen de maniobra, sino las posiciones para la batalla electoral, más cercana de lo que se piensa. De Rosell cabe esperar más silencio y preparación; de Bassat, buenas palabras y absentismo; y de Ingla, el sacrificio final en la pira laportista. Pero quien puede consagrarse como candidato integrador y sin rechazos permanece callado, ausente y distante. Y cada día que pase se distanciará más del pato cojo.

Adiós, Frank

Y llegará Guardiola, pero de esto ya hablaré en otro artículo. Hoy toca despedir a Frank.

Frank Rijkaard

De entrada, la rueda de prensa de ayer no transmite buenas sensaciones. El presidente del equipo apareció en solitario ante los medios. Sin tener al señor Frank Rijkaard al lado para agradecerle públicamente los servicios prestados; sin escenificar con él un final pactado; sin que le acompañasen otros pesos pesados de la junta. Vamos, que Laporta en persona y él solito le da las culpas de lo ocurrido a Frank. Y como no hay otras bajas ni en la junta ni en la dirección técnica, se le considera el único culpable. Al loro.

La primera tentación es evaluar su periodo al frente del equipo en función de los resultados. Como todos los entrenadores, se marcha tras una excesiva lista de decepciones. Maticemos. Los tres primeros años fueron muy buenos. No creo que hoy haga falta recordarlo. El año pasado se tuvo un rendimiento inaceptable en Champions (caer eliminado ante el Liverpool no puede ser nunca considerado un fracaso); se perdió la semifinal de Copa de una manera inaceptable; y en la Liga una plantilla a todas luces superior no fue mejor equipo que el Real Madrid. Pero no se cuestionó a Rijkaard.

Esta temporada se han hecho grandes campañas en la Copa y en la Champions. Pero la Liga ha sido un desastre, quedando a una barbaridad de puntos de distancia del campeón (pase lo que pase en los últimos partidos) y dando muchas veces una imagen que no se corresponde con un gran equipo. Se han repetido males de la temporada pasada. Tenían que rodar cabezas y ha rodado la de siempre. De momento, la única que ha rodado.

A mi me parece bien el relevo. Los cuchillos están muy afilados y en esta situación es muy peligroso mantener al entrenador. A la que se diesen dos resultados adversos consecutiovos, la próxima temporada podía convertirse en un infierno. Mejor renovar el ambiente.

Para valorar si la destitución es justa habría que saber si Rijkaard ha podido hacer otra cosa que lo que ha hecho, si le han faltado apoyos, si ha ignorado las directrices establecidas por la directiva, o la verdad del vestuario azulgrana. Me faltan datos. Pero hay un tema contra el que me rebelo: lo han echado por falta de carácter. Rijkaard me ha demostrado carácter al menos en aquella ocasión en que dijo, con su habitual elegancia, que o Rossell o él.

Pero Frank se merecía otra salida. No ya por los éxitos de los primeros años, que hacerlo bien es lo que se espera de un profesional, sino por la lección constante de elegancia, saber estar y señorío que ha supuesto su etapa barcelonista. Y esto, que también se espera de una de las caras más visibles de tu club, es muy difícil de encontrar. Encuesta: nombre dos entrenadores que sistemáticamente se nieguen a hablar (mal) del árbitro; o que nunca hayan criticado a algún jugador en público; que nunca hayan caldeado el ambiente antes de un partido; que hayan reconocido públicamente que el mérito principal del éxito sea de los jugadores y no propio (recuerden la reverencia); que en la presentación del equipo no aparezca en solitario para acaparar aplausos sino en equipo con sus ayudantes; que jamás se haya quejado de falta de respaldo o fichajes por parte de la directiva. Mi lista se reduce a uno: Frank Rijkaard.

¿Ser un caballero es importante en el fútbol actual? A mí me da que sí: vean si no cómo se recuerda al gentleman Bobby Robson, cómo tuvo que marcharse en globo el exitoso Van Gaal y los recibimientos que generan personajes tan distintos como Schuster o Mourinho.

Y en un club tan tranquilo cmo es el Barça, diría que este saber estar es crucial.

Adiós, Frank. Te echaremos de menos.

Saludos y buena suerte,
Ivan.

El melón y la lotería

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Entre el 60 y el 80% de las respuestas a las encuestas digitales sobre el nombramiento de Guardiola son rotundamente negativas. No es un dato científico, pero muestra una indiscutible actitud contraria. Dado que no es hora de pusilánimes, expresaré yo también mi profunda desconfianza en Guardiola como sustituto de Rijkaard, a quien en este momento hay que agradecer los triunfos y esa permanente bonhomía que añoraremos.

Guardiola ha reunido estos días argumentos favorables y contrarios en proporciones abismales. El fútbol arroja ejemplos de todo tipo para agarrarse a ellos y establecer cualquier teoría más o menos sustentable. Así, permite calificar la inexperiencia como un grave defecto o también como una excelente virtud, según el ejemplo que se elija. Y quien dice la inexperiencia, podemos citar el conocimiento del club y su entorno, su papel como gran futbolista, la personalidad demostrada, sus querencias culturales, el mayor o menor grado de apego al gran gurú del barcelonismo moderno o ese carácter duro que se le presupone.

La única realidad de tantos argumentos y contraargumentos es que todos ellos son apriorísticos. Ni siquiera el deslumbrante plan de trabajo que parece haber presentado el propio Guardiola puede aceptarse como biblia inmutable, pues habrá que esperar el grado de ejecución que tendrá, aunque es un gran síntoma que su propuesta pase por la resurrección de la cultura del esfuerzo.

En el fútbol nadie garantiza el éxito: ni el mejor entrenador, ni el jugador más excelso. Nadie. Lo que se debe garantizar es la competitividad, antesala imprescindible del éxito. Y esa competitividad es más factible de la mano de un entrenador con garantías comprobadas que de un melón por abrir. Jugar a la lotería puede salir bien, pero yo preferiría comprarle un coche usado a alguien con solidez demostrada. Dicho esto, por supuesto, respeto y cortesía a Guardiola durante los próximos cien días. Aunque desde la profunda desconfianza. Ojalá me equivoque.

CÍRCULO CERRADO

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No hay certeza de que padre e hijo hayan sido invitados el miércoles al palco del Bernabéu. En eso, el márketing del Madrid ya no es lo que era. En tiempos de Florentino y de García Ferreras, esto no habría ocurrido. Los dos socios madridistas que aplaudieron, puestos en pie, bufanda blanca al cuello, a Ronaldinho por su exhibición de aquella noche (ya saben de qué noche hablo), deberían estar pasado mañana en primera fila del palco merengue para certificar que el círculo virtuoso fue un hermoso sueño azulgrana y una pesadilla madridista que solamente duró dos temporadas.
Ronaldinho, Deco, Etoo, Márquez y los dos socios madridistas fueron el símbolo de ese Barça que dominaba sobre las olas del mar y reinó en Europa. Posiblemente, ninguno de ellos esté el miércoles en el Bernabéu para simbolizar el cambio de ciclo. Ronaldinho porque hace meses que se retiró del fútbol activo (¿para qué le podría querer un Milan exuberante como el de ayer contra el Inter?). En cuanto a Deco y Etoo, el Barça debería solicitar con urgencia la suspensión cautelar de sus sospechosas tarjetas amarillas de ayer. Ambos merecerían estar presentes en la noche del oprobio: uno, porque simboliza la indolencia que hundió el barco; el otro, porque su lengua ha sido desde el primer día un veneno para el vestuario. En cuanto a Márquez, teniendo en cuenta que cierto día el club comunicó que se había lesionado durmiendo, no sería extraño que aparecieran ciertas complicaciones musculares entre hoy y mañana. Así que los que mataron al Madrid galáctico no volverán al lugar del crimen, a menos que la pareja de aficionados blancos que dieron aquella lección de señorío reaparezcan mediáticamente.

Garra contra estética
El Madrid, cómo no, gana la Liga desde el coraje y la casta, a falta de mejores argumentos futbolísticos. Su último cuarto de hora anoche en Pamplona fue un monumento a la épica. Bajo el diluvio y con nueve jugadores sobre el campo, se olvidó de tácticas y prejuicios, fue a por el partido y el título voló a ras de suelo y se sacó dos golazos de las entrañas hasta rendir a los más recios. Este Madrid no resiste un examen futbolístico serio, pero cuando va a por un partido tienes la certeza de que será suyo.
Pocas veces se han extremado tanto los estilos: vence quien construye su juego desde la garra y la ambición; pierde miserablemente quien ha hecho de la estética su único norte y su bandera. Al loro con esto.

El club de los poetas muertos

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El Barça es un club con complejo de héroe romántico. Nunca le ha bastado definirse como un club a secas: siempre ha querido ser otra cosa. A veces, a costa de lo esencial. De ahí su amor por la poesía y la retórica, la grandilocuencia y el ensimismamiento, las causas perdidas y la mitología. ¿Más que un club? Seguro que sí. En otras épocas y circunstancias. Pero hoy el mundo discurre por otros caminos y el Barça no se ha enterado, anclado en ese estilo irrenunciable que es un dinosaurio en la era de la agilidad y la energía. El Barça es el héroe romántico que lame sus heridas y glorifica sus penas para convertirlas en himno y bandera. Forma parte de su esencia rememorar casi más las caídas que los triunfos y para ello no faltan poetas y juglares de verbo dulce y pluma etérea que mitifican los tropiezos y endulzan las melonadas.

Pero el fútbol de hoy no admite estas blanduras, sino que premia la dedicación y el esfuerzo. El Barça es un jilguero en mitad de la selva feroz y aún hay quien reclama más posesión, más ronditos y menos entrenamiento. Anclado en los recuerdos de hace quince años, el Barça no es un club de su tiempo. Los jóvenes que llegaron al poder para ordenar la entidad con criterios empresariales son hoy nuevos ricos aburguesados que han aplaudido con descaro la molicie del vestuario, el dolce fare niente y la vida placentera, bendecido todo por el ‘laisser faire, laisser passer’ de su entrenador complaciente, otro héroe romántico, buena persona, pésimo técnico.

El fútbol moderno es competitividad. No se puede ganar todo, aunque se debe trabajar duro para competir por todo. Pero desde Laporta hasta Xavi todos continúan recitando poemas bellos y palabras dulces. Nada apunta a que esto vaya a cambiar radicalmente, pues en el horizonte ya se atisba que en vez de un coach pragmático y profesional aparecerá por el banquillo otro mito, por lo que cabe pensar que este club acabará convertido, esta vez sí, en el club de los poetas muertos.