El artículo original se puede leer en la web del Sport
Tras 5 horas y 14 minutos de un partido épico, Rafa Nadal venció a Fernando Verdasco en las semis del Open de Australia, lo que le abrió el paso a triunfar en la final, aplastar en ella a Federer, hundir al tenista suizo en una lacrimógena depresión y apuntalar su liderazgo mundial. ¿Cuál fue la diferencia entre Nadal y Verdasco? Exactamente, un punto. En aquella semifinal se disputaron 385 puntos: Nadal ganó 193 y Verdasco 192, apenas un 0,25% de diferencia entre el triunfador y el derrotado, diferencia insignificante. Pero la estadística arrojó un matiz trascendental: aunque Verdasco dominó el juego, conquistó muchos más puntos ganadores que su rival (95 contra 52, casi el doble), cometió menos dobles faltas, sumó más aces (20 frente a 12) y durante el 80% del partido jugó dentro de la pista en tanto Nadal corría desesperado de lado a lado y tres metros fuera del rectángulo, los ‘puntos de la verdad’ cayeron del lado del mallorquín. Nadal sólo ganó un punto más que Verdasco, pero ganó todos los que fueron decisivos. No jugó más ni fue mejor tácticamente, ni siquiera en lo físico se mostró superior, pero cuando la fatiga, la técnica y la estrategia ya no importaban, todo se decidió en un pulso mental y en ese pulso venció el campeón.
Señores: esto mismo es lo que afronta el Barça a partir de hoy. Ni el estado físico, ni el estilo de juego, ni los conceptos tácticos están en cuestión. Durante ocho meses, el Pep Team ha demostrado rotundamente sus potencialidades (y también sus defectos): ha explicado al mundo cómo juega y mima el balón, cómo rechaza especular y posee el objetivo unívoco de atacar, cómo mantiene la posición y la posesión más todas las virtudes que conocemos. Y también cómo sufre y cómo sabe sufrir. Ya nada de todo lo anterior es objeto de discusión. Todo lo que había que demostrar ha sido generosamente demostrado.
Lo que empieza hoy es otra carrera: la de conquistar un título. Como dirían los tenistas, ahora ya no hay que jugar, sino cerrar el partido. En el caso del Barça, cerrar bastantes partidos. Cerrar el (o los) título (s). Cerrar con resultados una temporada espectacular. Y todo ello no se disputará en el césped, sino en ese lugar húmedo llamado cerebro. Donde se dirimen los pulsos mentales. Y no será una batalla contra los demás, sino contra uno mismo. El Barça contra sus demonios.
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