La selección como banco de pruebas

El artículo original se puede leer en la web del Sport

¿Qué ocurriría si Rafa Márquez adelantara diez metros su posición en el campo? Que sería Xabi Alonso. Esta es la impresión que uno siente viendo jugar al donostiarra con la selección. La de un centrocampista versátil que en Inglaterra ha aprendido a defender y conserva todo el talento natural en la construcción, amén de un pase en largo prodigioso. Como diría el padre prior de la cofradía blaugrana, mossén Guardiola, “ahora no toca” hablar de fichajes y no seré yo quien incumpla este mandamiento, pero al menos permítanme reseñar que la selección juega cada día más parecido al Barça. No sólo eso. Más allá de las críticas sobre la inoportunidad del virus FIFA, las convocatorias de la selección española se han convertido en un fantástico banco de pruebas y también en un trampolín.

Hace menos de un año, Xavi era silbado en el Camp Nou y ovacionado con la selección. Muy raro. Aquí se le veía como un centrocampista atascado, especialista en balonmano, sin verticalidad ni visión de juego. Con España era el metrónomo, un prodigio de lucidez, un motor a mil revoluciones. En el Barça de Ronaldinho, Deco y el pase al pie, Xavi quedaba sepultado bajo inmensas dosis de adocenamiento. En la España febril de los peloteros, Iniesta a la izquierda, Silva a la derecha, Senna guardando las espaldas, Cesc enfrente, Torres rompiendo en diagonal, Xavi alcanzó un nivel estratosférico, su mejor versión. Entronizado en Europa, pero sin cambiar de personalidad regresó al Barça y continuó la marcha triunfal como si no hubiera permutado los colores de la camiseta: Touré detrás, Iniesta a la izquierda, etc. Xavi es fruto de sí mismo y del Barça, pero la selección le salvó de su peor crisis como futbolista.

Vemos jugar a los de Del Bosque y la melodía suena similar a la de Guardiola, aunque sean otros músicos. Piqué resuelve con la misma prontitud, Xavi maneja con idéntico equilibrio y el resto es imaginación. Banco de pruebas fenomenal, la selección nos permite adivinar qué ocurriría si el Barça juntara a Xavi con Xabi y el resultado es un control aplastante del balón y la posición más la coincidencia del mejor pase en corto con el mejor en largo. Un dúo que permite grandes sueños, en especial si Iniesta anda por la izquierda y Silva por la derecha. Así que maldigamos menos las fechas de la selección, pues nos permiten probar sueños.

ENCADENADOS A FLORENTINO

El artículo original se puede leer en El Periòdico

Entre urnas y ratificaciones, el Madrid continúa imperturbable su camino hacia el abismo. Florentino Pérez es el abismo. Claro, los madridistas no lo ven así, sino al revés: en Florentino creen hallar al mesías blanco que romperá la pesadilla circular por la que transitan desde que Vicente del Bosque fue despedido porque sus americanas no eran de Armani. Envalentonados por las arengas que destila ese gran manipulador de masas llamado Pedro J. Ramírez, el madridismo se apresta a resucitar a Florentino. Olvidados Fernando Martín y Gómez-Montejano, amortizado Calderón y finiquitado este Boluda verborreico, el Madrid ya saca de los armarios las palmas y palmones que celebrarán el advenimiento del nuevo rey merengue. Se cerrará así un círculo curioso que abrió el propio Florentino a través de un fichaje ruidoso, la manipulación del voto por correo y un pelotazo de padre y muy señor mío que dejaron como herencia un club en perpetua tiritona.
Florentino es un hombre bien educado y formal que construyó una gran plataforma del entretenimiento a base de sumar galácticos. Ganó una Champions, varias Ligas, mucho terreno donde construir campos de entrenamiento, saldó deudas y creó una excelente imagen de marca. Pero hubo otro balance más negro: Florentino multiplicó por 11 su fortuna personal, convirtió el palco del Bernabéu en un zoco persa de mercaderes, decapitó la cantera, gestó una corte de futbolistas malcriados, quebró los valores esenciales del madridismo que representaba gente como Del Bosque y, finalmente, tiró la toalla en mitad de la travesía como quien se desprende de la caspa a la vuelta de la esquina. Claro, hoy nadie quiere recordarlo porque ni le conviene a Pedro J., ni a los diarios deportivos, ni a ese vestuario secuestrado por Raúl, ni al alcalde Gallardón, ni mucho menos a los que sueñan otra vez con el "palco de los negocios". Florentino es el maná, el arcángel que les dará cobijo: constructores en paro, reyezuelos mediáticos, políticos insaciables, intermediarios sedientos, toda esa fauna alienta el retorno del Jedi blanco, sin que importe el precio ni la hipoteca que pagará el club.
Ciegos, los socios madridistas enarbolan las palmas para festejar que vuelve el ser superior y, con él, Cristiano Ronaldo, Kaká y las siete mil vírgenes. Poco importa que los grandes galácticos ya se estrellarán una vez o que el resurgir del Barça sea fruto de un pequeño y ascético entrenador y no de su locuaz presidente, como bien anotaba ayer Emilio Pérez de Rozas en Sport. A nadie parece importarle la experiencia vivida y sufrida. Los fuegos artificiales ocultan el pasado y el Madrid se está condenando a repetirlo.

Maquillando al ‘gran padrino’

Se puede leer en artículo original en la web del Sport

Florentino Pérez quiere regresar bajo palio. Su escandalosa huida de hace tres años está siendo milimétricamente ocultada por sus botafumeiros. Florentino dejó al Madrid como quien abandona unos zapatos viejos en el recodo del camino: sólo le faltó pisar la colilla que acababa de escupir. Fue un capitán que dejó el barco a la deriva y ahora que sigue estándolo pretende regresar a él como si nada hubiera ocurrido. En la visión panegírica que recomponen los medios amigos todo es color de rosa. Han regresado las loas al ser superior y se borran de la hemeroteca los reproches a esa plantilla de niños malcriados; los ceses intempestivos de un carrusel de entrenadores; la inversión millonaria en fichajes ridículos (Gravesen como paradigma de todos ellos); el desprecio a los canteranos; los despidos sangrantes de pilares fundamentales como Del Bosque o Makelele; y, en fin, una crisis descomunal de resultados que desembocó en una larga sequía de títulos. Parece como si nada de todo ello hubiera existido.

Florentino tuvo grandes aciertos: modernizó el Madrid; le dio empaque y seriedad, de lo que adolecía gravemente vistos algunos de sus antecesores; fichó tres grandiosos futbolistas (Figo, Zidane y Ronaldo); apostó por un discurso cautivador; y de la connivencia con los poderes públicos arrancó una recalificación de terrenos que saneó la economía blanca. Esta es la parte buena del balance. Pero queda la mala, que coincide con sus tres últimos años, donde el castillo de naipes se derrumbó con estrépito mientras el presidente convertía sin escrúpulos ni complejos el palco del Bernabéu en un centro de negocios y multiplicaba por once su fortuna personal. Esta otra parte del balance se intenta ocultar a diario en el Madrid de nuestros días, donde Pedro J. Ramírez mueve ondas y periódicos para reencumbrar limpio de toda mácula al gran padrino. El factótum del periodismo patrio quiere a Florentino en el palco para ser el nuevo crupier del casino blanco; el alcalde Gallardón se frota las manos con la llegada de su amigo Pérez; y aplauden con las orejas en Cajamadrid, financiador perpetuo de los proyectos merengues y enemigo a cuchillo de la presidenta Esperanza Aguirre. El Real Madrid es hoy apenas la excusa para una gran batalla de intereses económicos, pero a los socios les siguen distrayendo con Cristiano, Kaká y Valdano.

Un pulso contra el fútbol de hierro

El artículo original se puede leer en la web del Sport

Ya hemos comprobado de forma repetida que no hay equipo en el mundo capaz de destilar un fútbol más hermoso y plástico que el Barça. Ahora queda por saber si podrá transformar esta obra de arte en títulos tangibles. En otras palabras: falta por comprobar que esta prodigiosa máquina de fabricar sueños también puede superar el ‘fútbol duro’ de los grandes equipos europeos.

El fútbol actual se divide en dos categorías: el ‘fútbol suave’ que practican unos pocos (Barça, Arsenal, Villarreal) y el ‘fútbol duro’ del que son paradigmáticos los conjuntos cabeceros de la Premier. Es mayoritario el ‘fútbol duro’, aunque por duro no quiero decir violento, sino rocoso, férreo, metalúrgico, con tintes especulativos y especial vocación defensiva. Las características del fútbol duro le otorgan ventajas especiales cuando se enfrenta a un representante del ‘fútbol suave’, cuyas principales virtudes son la vocación ofensiva, la posesión y mimo del balón, el juego combinativo y la búsqueda de la perfección técnica. Si Barça y Arsenal representan lo mejor del ‘fútbol suave’, Liverpool y Chelsea son los adalides del ‘fútbol duro’ y en ese enfrentamiento jamás hay favoritos, pero sí la garantía de un choque estrepitoso de estilos.

Esa es la única asignatura pendiente que le queda al Pep Team. Todo lo demás ha sido superado: el vestuario regresó al mundo de los deportistas serios; el juego alcanzó las mejores cotas históricas; el estilo enamoró al mundo entero; los jugadores nunca fueron mejores que en este sacrifico de sus egos en beneficio del colectivo; y la afición pocas veces vio espectáculos tan deslumbrantes como el del domingo ante el Málaga. Ahora queda lo más difícil, pero también lo más excitante y hermoso: doblegar al ‘fútbol duro’ que acecha ahí afuera.

La mayor parte de las finales que restan hasta final de temporada son enfrentamientos contra representantes más o menos cualificados de ese fútbol de hierro. El principal escollo de pelear contra equipos del ‘fútbol duro’ es que su primer mandamiento busca impedir que el rival pueda aplicar su estilo de juego. Ahí está el meollo de esta batalla: Liverpool, Bayern, Madrid o Sevilla saben que su única opción pasa por desactivar la personalidad del Pep Team. Impedirle hacer lo que tan bien sabe hacer. Ahogar su estilo. En ese pulso concreto se dirimirán los títulos.

¿Desde cuándo jugar es un hándicap?

El artículo orginal se puede leer en la web del Sport

Trece partidos en seis semanas es el plan inmediato del Barça si logra clasificarse para semifinales de Champions. Un partido cada 3,2 días, lo que supondrá alternar 5 ciclos largos de 4 días entre partidos con 7 ciclos cortos de 3 días de recuperación. Un maratón auténtico con el Tourmalet liguero entre medias. Es razonable, por tanto, dudar de la capacidad del Pep Team para resistir tal desafío, así como comprensible que se busque concluir que el Madrid tiene ventaja al disputar un solo partido semanal. Discrepo. ¿Desde cuándo competir más supone un hándicap?

¡Al contrario. El mejor método para ponerse en forma es la competición. El entrenamiento es la base sobre la que se edifica el estado de forma. Pero el entrenamiento no “pone en forma”. Lo que te afina es competir. Todos los entrenadores conocen esta realidad aunque algunos juegan al despiste y explican la tesis contraria. Pero mientras la cuentan programan partidillos semanales: siete contra siete, a lo ancho del campo, para practicar lo que llaman “ritmo competición”, o sea, intentan reproducir las condiciones de la competición para pulir el estado de forma.

Así que ¿por qué temer este calendario cargado de partidos? Quien debe preocuparse es el entrenador que sólo disputa un partido semanal y ve cómo sus jugadores languidecen mirando de reojo las evoluciones europeas de sus rivales. Hay una razón, es cierto, para temer semejante maratón: las lesiones, un riesgo inevitable. A más partidos, mayor probabilidad estadística de lesión. A cambio, mejor estado de forma, menos distracciones absurdas, poca influencia del entorno mediático y mayor corrección de errores, estrategias y cálculos tácticos. Jugando partidos, el equipo mejora físicamente y si, además, vence, se crece en lo anímico. Incluso una derrota tiene menor trascendencia, pues de inmediato hay que afrontar otra batalla. Claro, esta situación no puede eternizarse. Del mismo modo que la competición te pone en forma, ese estado de forma decae al cabo del tiempo. Si estás bien entrenado puedes resistir un par de meses sólo compitiendo. Después sobreviene una caída. Pero si lo meditan bien, el Barça cumple las dos condiciones: está muy bien preparado y le quedan dos meses de competición por delante. Así que podemos dar por finiquitados los entrenamientos. Ya sólo queda jugar y jugar sin parar.

El egoísmo aniquilador

El artículo original se puede leer en la web del Sport

¿Qué hace un waterpolista en un vestuario de fútbol? Naufragar. Ese fue un pronóstico bastante común allá por el mes de julio, cuando Manel Estiarte llegó al Barça de la mano de su amigo Guardiola. Otro sueldo más en un club agitado por la moción de censura y en un vestuario que apenas soñaba con comerse los turrones. Nueve meses más tarde, nadie discute a Estiarte, tan discreto como haga falta en su papel de ‘facilitador’. Guardiola encuentra en él una muleta imprescindible donde apoyarse en los momentos duros, que son más de los que parecen. Y los futbolistas le consideran ya uno de los suyos, parte de ese cemento que robustece las paredes del edificio en construcción.

Guardiola quiso tener cerca a Estiarte porque un vestuario es un nido de egos y el waterpolista sabe mucho de egoísmo. Lo explica con crudeza extrema en el libro que presenta hoy (“Todos mis hermanos”), un buceo profundo en su intimidad más recóndita y de la que extraigo una confesión principal: “Yo era egoísta, provocaba negatividad en el agua y eso no casa con un líder”. Estiarte desnuda su realidad: mientras fue egoísta se le consideró el mejor waterpolista del mundo, pero fue incapaz de construir un equipo campeón. Lo recuerdo bien, pues compartí sus años de éxito. Fueron años de éxito para Manel, pero no para el waterpolo español. Después comprendió que desde el egoísmo no se edifica un campeón: “Evolucioné. Me volví respetuoso y altruista”. Dejó de ser pichichi de todos los torneos, pero logró que su equipo fuera campeón olímpico. La parcela de gloria que cedió como individuo la conquistó multiplicada por cien como conjunto.

Eso ocurre siempre en el fútbol. Cuando el delantero centro sólo busca su lucimiento personal, el título de pichichi, la Bota de Oro, el equipo desciende varios peldaños. Cuando la gran estrella se enfoca hacia los galardones individuales, el colectivo se desploma. Todos ellos encuentran siempre quien les excuse: “el goleador ha de ser egoísta”; “todo jugador ha de pensar sólo en él”, dicen a todas horas quienes buscan tapar esos errores. Falsas excusas. El egoísmo quiebra a los equipos campeones. Mejor dicho: ningún equipo llega a campeón a base del egoísmo de sus componentes, sino a partir de su entrega solidaria. La fuerza de este Barça reside en esa gente de inmenso talento que renuncia a su ego por el bien colectivo.

¿Hemos tocado fondo?

El artículo original se puede leer en la web del Sport

¿Hemos tocado fondo?, inquirimos con la esperanza de una respuesta positiva que equivalga a decirnos que ya está, que lo malo pasó y pronto saldremos del pozo. ¿Hablamos de la economía mundial, de la catástrofe bursátil o la epidemia del paro? No, aunque también: hablamos del Barça. ¿Ha tocado fondo el Pep Team o aún quedan más capítulos de angustia y precipicio? No sufran más: entre esta noche y la del miércoles despejaremos las dudas. Cinco días que, probablemente, serán decisivos para los desenlaces de la temporada. Ya saben: no es lo mismo dormir esta noche con un punto de ventaja que con siete, ni saberse en cuartos de Champions que frotarse otra sangrante herida europea.

El pueblo barcelonista se ha hecho ya todas las preguntas frente a ese muro de las lamentaciones en que se han convertido los periódicos. Hemos oído todas las preguntas y también miles de respuestas. Pero ya sabemos que sólo ocurrieron tres cosas: algunos jugadores se apoltronaron tras otra sobredosis gigantesca de elogios e incumplieron los fundamentos básicos del comportamiento colectivo. En paralelo, los rivales, que no son tontos, aprendieron toda la gama de antídotos contra los de Guardiola, que han caído de bruces en todas las trampas y trampitas. Y como desenlace de los tropiezos, al equipo se le apareció el ‘síndrome de la gacela’, la sensación de que el león te atrapa, pues ya sientes su aliento en el cogote. Tres factores, sólo tres, pero concatenados uno tras otro: el envanecimiento, la dejación de funciones y el agarrotamiento. Tres factores letales si se encadenan de forma sucesiva.

¿Qué ha hecho el entrenador para virar el rumbo? El viernes actuó sobre el envanecimiento con la conocida ‘Guardiolina’ a los extremos; el lunes incidió en el funcionamiento colectivo, con una lección completa y dura; y el martes atacó la raíz del ‘síndrome de la gacela’ al proponerse como líder principal y único pararrayos. Fue un puñetazo en toda regla buscando la reacción de sus jugadores. En esos cinco días, Guardiola pretendió detener la sangría. De acuerdo, dijo, hemos tocado fondo. Pero ya está; no hace falta recrearse más en la miseria. Ahora toca salir del pozo y para eso aquí estoy yo.

Los movimientos del entrenador han sido de libro. Perfectos. Pero desconocemos su eficacia, aunque saldremos de dudas a una velocidad de vértigo. Desde hoy.

Concursos florales

El artículo original se puede leer en la web de El Periòdico

Acaba de abrirse un concurso de ideas para intentar comprender lo que ocurre. Es un método habitual en el barcelonismo, que recurre a él cada vez que se tuercen las cosas. Y dado que el barcelonismo es lo más parecido que existe a un estado de ánimo ciclotímico, esto ocurre a menudo. Ahora estamos de lleno en la presentación de ideas para entender el indiscutible bache de resultados. Los candidatos al premio de honor son el cansancio físico, la fatiga psíquica, la relajación por los elogios, los errores de Valdés, la fragilidad defensiva, la ausencia de Iniesta, la falta de oficio para matar partidos y la concesión de facilidades excesivas en el centro del campo. Se trata de un concurso entretenido, pero estéril.
El Barça no es invulnerable. Hoy es obvio. Todos coincidimos en ello pues resulta irrefutable, pero hace un mes nadie escuchaba cuando Guardiola lo proclamaba en medio de la euforia. Tampoco hace un par de años nadie en el mundo entero reconocía la burbuja inmobiliaria y ya ven qué batacazo nos hemos pegado.
La otra realidad es que el fútbol no es repetitivo. Un colectivo se enfrenta cada vez a un partido distinto; cambian las circunstancias y todos aquellos pequeños accidentes que te hacen triunfar o perder. El colectivo responde de manera diferente en cada ocasión. La misma máquina que ayer arrasaba, hoy se colapsa. Entre otras razones porque el rival también sabe, también aprende y también corrige.
Todos los rivales han aprendido cuatro cosas: que a Márquez hay que impedirle sacar el balón con limpieza; que otro delantero debe marcar a Touré para quebrar el espinazo del equipo; que a Xavi hay que aplicarle un marcaje individual severo; y que siempre debe vigilarse a Messi con un marcador y dos coberturas. Estas cuatro medidas aplicadas con energía bastan para gripar la máquina.
¿Qué debe hacer ahora el Barça? Nada estrambótico: entrenarse, estudiar al rival e ir a por la victoria en todos los partidos. La solución no está en los concursos florales.